21 de julio 2025
Ray Castro.
EL PORTAVOZ,SANTO DOMINGO.-Julio Mejía tiene 60 años y un cuerpo ya cansado por las enfermedades que le ha tocado cargar, pero su espíritu sigue luchando desde una humilde vivienda en un barrio de Santo Domingo Este.
Este hombre, como tantos otros en nuestro país, ha pasado por la de Caín intentando conseguir una tarjeta de Solidaridad, esa ayuda que se supone debe llegar a quienes realmente la necesitan, a quienes se acuestan muchas veces sin saber con qué van a desayunar al otro día.
Julio está enfermo, apenas puede hacer trabajitos pequeños para “ganarse algo”.
Hace alrededor de cinco meses, con el último aliento de ánimo que le queda, se inscribió en el programa Supérate con la esperanza de que le llegara esa tarjeta que tanto anuncian y de la que muchos hablan como si fuera fácil de obtener.
Fue al centro de inscripción, con su cédula en mano, con la esperanza viva.
Le dijeron que calificaba, que solo tenía que esperar, que ya su caso estaba registrado.
Y Julio esperó. Esperó con paciencia mientras la nevera seguía vacía.
Pero hoy, todavía, es la hora en que a Julio no le ha llegado su tarjeta de Solidaridad.
Lo más triste de todo es que mientras este pobre hombre sigue esperando con dignidad, hay personas que trabajan en instituciones del Estado, con un sueldo que les permite vivir, que ya tienen esa tarjeta y la usan sin vergüenza, mientras los verdaderamente necesitados siguen en fila, contando los días y viviendo de la caridad de los vecinos.
¿Cuántos “Julios” más hay en los barrios, esperando esa tarjeta que debería ser un derecho para quienes viven en la pobreza?
¿Cuánto tiene que humillarse para que le llegue una ayuda que le corresponde?
Lo irónico es que a Julio lo han visitado políticos en tiempos de campaña, le prometieron que “lo iban a ayudar”, pero ya todos se olvidaron.
Julio, con 60 años, sigue esperando una tarjeta para poder comprar comida.
Sigue levantándose cada mañana con la esperanza de que alguien en esa lista de Supérate se acuerde de él.
Sigue esperando mientras se le va acabando la fuerza. Porque en este país, tristemente, conseguir una tarjeta de solidaridad a veces es más difícil que sobrevivir a la pobreza.
Ojalá un día esta historia cambie. Ojalá un día Julio pueda ir al colmado con su tarjeta, comprar su arroz, su aceite y al menos vivir con la dignidad que se merece después de toda una vida de trabajo.
Porque la solidaridad debe ser más que una tarjeta; debe ser justicia para los que realmente la necesitan.

